Bodymod y aceptación: mis experiencias

Bodymod y aceptación: mis experiencias

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Businessman with tattoo - by AdobeStock

¿Y no te dicen nada en el trabajo con todos esos tatuajes y piercings?“. Sonrío cuando alguien me lo pregunta porque he perdido la cuenta de las veces que la he contestado en los últimos 15 años, sobretodo cuando me he ido acercando a los 40. Suelo responder que no, que no pasa nada, puesto que en las entrevistas de trabajo no oculto las dilataciones que llevo, y así dejar claro de antemano que forman parte de mi. Nunca me he encontrado hasta este punto nadie que me haya preguntado si me las quitaría por no ofender a clientes o compañeros, pero claro, trabajo en el entorno de IT, que aunque no sea uno de los sectores con mayor grado de aceptación según esta infografía, a los ingenieros de sistemas y programadores se nos permite un margen de excentricidad que en sectores como la banca o la abogacía, por poner un par de ejemplos, no suele ser tan habitual aún.

Es bastante diferente en posiciones de ventas, alta gestión o de cara al público. Recuerdo particularmente dos chicas que trabajaban de cara al público que durante las 8 horas de su jornada laboral, debían quitarse toda ornamentación, un ritual que tomaba largo tiempo y que no tenían más remedio que seguir cada día para poder tener ese trabajo.

Y es que más allá de que la dirección y los compañeros de un lugar sean más o menos abiertos en ese sentido, toda empresa piensa en los clientes, y como el estigma social del bodymod existe, algunas atajan cualquier posible “riesgo” durante los procesos de selección: entre dos personas donde una lleva piercings o tatuajes, y la otra no, algunas pueden tender a seleccionar la segunda persona. Y claro está, no lo sabrás, y no es ilegal puesto que el dress-code lo definen las empresas.

Personalmente llevo años “usando” las dilataciones como un filtro para evitar según que tipos de entorno laboral. En mi sector sé que mayormente no son un problema para posiciones técnicas, por lo que en este caso esos dos piercings me evitan encontrar puestos de trabajo que luego puedan resultar demasiado tradicionales y poco abiertos a los nuevos tiempos, algo que suele ser un mal indicador por lo que se refiere a innovación y el valor de la diversidad. A fin de cuentas, en un proceso de selección, se trata de encontrar un entorno inclusivo y donde crecer, y no hay que olvidar que la selección va en los dos sentidos.

Pero claro, cuando empezaba mi carrera profesional, no tenía aún el currículum y la experiencia de ahora puedo usar para hacer valer mi candidatura. Esos años fui cuidadoso de irme haciendo los tatuajes en aquellas partes que siempre podría tapar con una camiseta de manga corta, al estilo del horimono, que cubre las partes no visibles del cuerpo. De hecho hay tatuadores que, acertadamente, se niegan a tatuar cuello o manos como primer tatuaje. Los piercings pueden ponerse y quitarse fácilmente, y algunos considerados demasiado agresivos como el septum pueden ocultarse con un septum retainer.

Durante unos años me mantuve bajo esos criterios para poder ser camaleónico y poder dar una imagen más conservadora si las circunstancias lo requerían. Pero lo curioso es que más que generar rechazo y problemas, los tatuajes en mi caso han sido una forma típica de iniciar conversaciones: la gente pregunta por ellos, sobre todo si duelen, qué significan, cuántos tienes, para luego contar si tienen alguno que querrían hacerse y contar como en sus países de origen y entornos estos influyen y son vistos. Y diría que afortunadamente hoy en día en muchas ciudades y en empresas jóvenes y modernas esto es lo que ocurre más habitualmente.

En cierto momento cuando ya consideré que mi carrera profesional estaba encauzada y visto que no veía problemas en mi sector, me arriesgué a romper la línea roja y cubrir los brazos enteros, quedando hoy en día la opción de llevar camisa de manga larga para cubrirlos. Normalmente cuando voy a entrevistas o voy a un entorno desconocido de tintes serios, la manga larga me asegura que reduzco la influencia de posibles prejuicios debido a esos elementos durante ese primer minuto tan importante en la formación de esa primera impresión. Me centro en ser yo mismo y que mi personalidad y mis palabras sean lo que guíe ese primer encuentro. Luego ya según como va todo y lo que veo alrededor, entonces decido si me subo las mangas y muestro mis tatuajes.

Sólo una vez en mi carrera profesional he sido consciente de pasar por una situación en donde mi imagen jugó en mi contra. Al dejar un trabajo, y cuando llegó el último día, la persona que me contrató quiso ahorrarse pagarme un dinero que me debían, intentando engañarme. Más allá de que yo por suerte tenía el tema por escrito, en ese momento de enfado por verse obligado a cumplir con su obligación de pagarme, terminó soltándome irritado que yo era un desagradecido, puesto que él me había dado la oportunidad de trabajar a pesar de mis ornamentos, mirando mis orejas con desprecio mientras soltaba el comentario. Para él, yo era inferior por mi piercings y mis tatuajes, alguien a quien le debía mi trabajo, independientemente de mi esfuerzo, rendimiento y experiencia. De hecho, fui el que tenía un salario más bajo de todo el equipo, así que supongo que su idea de la misericordia era un tanto particular.

En esa situación me quedó bien claro que los estigmas de los tatuajes y los piercings no eran tanto por el mero hecho de llevar un trozo de metal o un dibujo en la piel, sino por el hecho que mayormente suelen ir ligados a la pertenencia de un grupo, y cada uno en su cabeza tiene ideas preconcebidas en base a esas asociaciones, con sus miedos asociados, sesgos, incluso sentimientos de superioridad. Y me ha costado años entender y aceptar que eso no va a cambiar fácilmente.

Pero se pueden hacer pequeños pasos. He perdido la cuenta de las veces que alguien me ha dicho que después de conocerme, han visto que soy majo y que lo que llevo no me favorece y que no me representa mi forma de ser. Si esos comentarios vienen desde el respeto, no me siento ofendido y de hecho me encanta responder que forman parte de mi identidad y que a mi me gustan, y entonces según el grado de confianza o las ganas que tenga de hacer pensar a alguien, intento adentrarme en una conversación constructiva sobre el tema. No es mi intención ser abanderado de ninguna causa, simplemente creo en la belleza que hay en el bodymod, y más allá de que pueda influir o no en opiniones basadas en miedos y prejuicios, lo que sí me gusta es conocer gente se toma el tiempo para descubrir quien soy realmente dentro de ese cuerpo coloreado por la tinta.

Estos últimos años he aprendido además que los piercings van más ligados a la juventud y que seguir llevándolos más allá de los 35 suele causar reacciones más extremas en la gente, más desconfianza y miedo, más rechazo, como si no tuvieran cabida en la madurez, algo que no he sentido que ocurriera tanto con el tatuaje, que goza de mayor aceptación más allá de esas edades. Mostrar el septum, por ejemplo, suele atraer más ‘controles aleatorios’ en el check de seguridad de algunos aeropuertos, o incluso ser rechazado en taxis, algo que nunca me ocurre cuando dejo el piercing temporalmente guardado en el bolsillo. La mejor compra que nunca he hecho fueron esos aros de tipo ‘clip in ball’ que se pueden sacar en cualquier momento y guardar en el bolsillo sin tener que sacar herramientas o ir a un piercer.

Y con todas esto, ¿me arrepiento acaso de los tatuajes, o de llevar piercings? Pues no. Lo que importa es como cada uno se siente consigo mismo, y si uno desea mucho tatuarse o ponerse un aro en la nariz, y se siente atractivo, ¿porqué no debería hacerse?

Naturalmente, eso conlleva que hay que aprender a ignorar las miradas de reprobación, risas ocasionales y comentarios jocosos, a responder a opiniones y juicios de valor. Toca aprender sobre los diferentes grados de aceptación de los diferentes entornos sociales en los diferentes países y ciudades, y adaptarse a posibles entornos hostiles, por mera cuestión de evitar problemas, o simplemente para ir más rápido en los controles de seguridad de un aeropuerto. Terminas aceptando que muy de vez en cuando alguna persona mayor cruce a la otra acera para no cruzarse contigo porque no sabrá como catalogarte y si eres peligroso, y quizás algunas personas no te vean como una buena influencia hacia sus hijos.

Pero al fin y al cabo estos aprendizajes no son muy distintos de los que deben tener los que somos “demasiado” altos o bajos, “demasiado” gordos o flacos, o “demasiado” oscuros de piel o “demasiado” claros, “demasiado” femeninos o masculinas, “demasiado” diferentes a fin de cuentas.

Algunos argumentan que, ¿para qué añadir voluntariamente más diferencia y provocar problemas? Bueno, quizás habría que responder que ¿para qué renunciar a algo que te gusta y que quieres para ti, simplemente por las dificultades que algunas personas crean? El precio de la diferencia, a fin de cuentas, nunca debe ser el de renunciar a ella, sino el aceptarla y defenderla ante el rechazo, aunque sea una diferencia creada.

Y esa aceptación y esa defensa, es a fin de cuentas lo que nos hace madurar y ser fuertes. Y lo más importante, la gran recompensa de que aprenderás a rodearte de gente que, más allá de si les gustan o no tus tatuajes y piercings, te va a querer por quien realmente eres y por tu personalidad, y les dará igual de cuáles y cuantos colores sea tu piel, qué vistes y con quién estás. Y terminarás encontrando trabajos donde lo que importa es simplemente tu talento y esfuerzo. Y tú, siendo tú, con esos bellos colores en tu piel, te sentirás bien.

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