Un día en Potsdam

Un día en Potsdam

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Cuando Luis XIV volvió a instaurar el catolicismo como única religión en Francia e inició la persecución contra los protestantes, Federico Guillermo I decretó el Edicto de Potsdam por el que daba libertad religiosa en Brandemburgo, acogiendo abiertamente a los exiliados franceses y otorgándoles derechos y ventajas fiscales.

Dado el nuevo estatus otorgado a los protestantes no es de extrañar que calvinistas de Holanda, entre otros, también emigraran a la ciudad a orillas del Havel, acelerando el desarrollo del ducado y dejando como testimonio el Barrio Holandés, un conjunto de casas de ladrillo rojo.

Gartenstadt o Versalles Alemana, apelativos con los que se conoce esta ciudad cuyas tres cuartas partes del espacio son zonas verdes y que ha crecido en una región donde el río traza meandros y forma lagunas e islas. Aunque Berlín era claramente la capital de Prusia fue Potsdam la que se convirtió en la residencia de la corte prusiana, ciudad donde se construirían majestuosos edificios como los palacios de Sanssouci, Charlottenhof o Babelsberg.

La visita a la actual capital de Brandemburgo empieza por tomar temprano el S7 hasta Potsdam Hbf. En la misma estación hay una oficina de turismo donde podemos coger mapas de la ciudad. Aunque podemos tomar el tranvía hasta la zona de palacios y jardines, recomiendo ir a pie y no perderse el paseo por el centro histórico, que se ve en menos de una hora a paso tranquilo viendo la Nikolaikirche, el Barrio Holandés y las tres puertas: Nauenertor, Jägertor y Brandenburgertor.

Sanssouci da para todo un día, es espectacular, y eso que estos días de otoño las fuentes estaban vacías por limpieza y los parterres de flores verdes pero sin color. Detrás del palacio, justo en la salida de la Maulbeerallee disfrutamos de unos auténticos y recién hechos brezel que una chica vendía ahí en un puesto improvisado. Es un tipo de pan que nunca me ha gustado, pero quizás fuera porque eran comprados en supermercado o se habrían pasado con la sosa cáustica. Y con ese sabor salado fuimos a beber y picar algo en el Potsdam Historische Mühle, un restaurante con grandes cristaleras y vistas al jardín, muy buen servicio y calidad.

Para una primera visita rápida, tipo fin de semana largo de tres o cuatro días, Berlín ya tiene en sí muchos encantos. Pero si volvéis a la ciudad o estáis más días dedicadle un día o incluso dos a esta joya.

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