Aikido

Aikido

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Respiro hondo y entro de espaldas, deslizando las zapatillas fuera de los pies con el mismo borde del tatami. Saludo hacia la zona designada como Kamiza y mientras cruzo la acolchada superficie azul dejo atrás todo lo que me pesa: los problemas, las tensiones, los proyectos del trabajo, las dificultades de la vida, todo… Empiezo con los estiramientos y me concentro en cada articulación, en la respiración. Son 10 minutos de ejercicios previos que te hacen olvidar todo lo que ocurre fuera del tatami.

Lo descubrí en una etapa difícil de mi vida con mucho estrés y problemas. Fue como encontrar la horma de mi zapato, que daba respuesta a muchas necesidades. Ya tenía el gimnasio que me daba ese chute de endorfinas, el mejor antidepresivo y relajante. Pero no ganaba equilibrio ni coordinación, y hacer ejercicios en el bosu no me apasionaba. A pesar de que mi entrenador me hablo muy bien del Aikido, no me atrevía a dar el paso, por miedo supongo. Vergüenzas y miedos estaban fuertemente enterrados desde esas terribles clases de gimnasia donde me estampaba contra el potro, me desnucaba intentando hacer el pino o agonizaba en carreras alrededor del Instituto.

Fue en el concierto de Madonna cuando un capullo borracho se ‘encariñó’ de mi que tomé conciencia de que necesitaba como mínimo saber defenderme un poco. Fabián me convenció de que me hacía falta ganar confianza y que una arte marcial me iría muy bien. Me acordé del Aikido y busqué información, me gustó su filosofía basada en la defensa y la no-agresión, basado no en la fuerza y la resistencia sino en la técnica y en la aborción de la energía atacante para proyectarla contra el agresor. Me llamó esa idea del ‘todo el mal que me desees, que se te vuelva en contra’. Y así fue como lo probé. Y me gustó desde el primer día. Y mucho.

Al principio es duro, ves como el Sensei hace algo que parece sencillo. Y tu aún estás intentando seguir sus pasos, ver como coloca los pies, como ataca Uke, como mueve las manos, y ya se te ha olvidado cómo se ponen los pies, y… llega el saludo que da fin a la explicación y te has quedado en blanco, sin saber ni como atacar ni qué hacer. Y te sientes un estorbo porque como los ejercicios se hacen por pareja sabes que el otro no va a aprovechar este ‘round’ para poder hacer el ejercicio. Pero todo el mundo ha pasado por esa etapa inicial, la gente es comprensiva y ayuda un montón. Como a cada ejercicio se van variando las parejas todo el mundo ayuda y a la vez aprende, porque intentando enseñar al que no sabe también te das cuenta si tu realmente lo tienes claro.

Si no te rindes a la primera dificultad y perseveras, a las pocas semanas le empiezas a perder el miedo a las caídas, a la vez que el cuerpo empieza a interiorizar algunos movimientos, y luego algunas técnicas empiezan a salir automáticamente (salen como pueden, pero más o menos dan el pego) y notas como el Sensei y compañeros te corrigen vicios, posición, los pasos de la técnica en sí… Esta sensación es la más bonita, cuando ves que has subido un pequeño peldaño. Es como cuando aprendes a escribir y cuando ya sabes las letras y juntarlas y que se entiendan y coincidan con las palabras, te empiezan a decir dónde va una ‘b’ o una ‘v’, o donde falta un acento, o te ayudan a mejorar la caligrafía… Siempre queda mucho por aprender.

En fin, que es cuestión de años y de trabajar cada semana, sin prisas, y disfrutando cada clase, cada congreso. Para mi lo más importante es eso, el pasar un buen rato, en un buen dojo, con un buen Sensei y con buena gente alrededor. Y por eso los martes y jueves se han convertido en mis días de la semana favoritos.

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